Los farmacéuticos catalanes se manifestaron el pasado día siete de noviembre ante la sede de la Delegación del Gobierno en Barcelona, reclamando el pago de las facturas pendientes que les adeuda la Administración Pública catalana. Entre los manifestantes se exhibía alguna que otra bandera estrellada, el símbolo del independentismo catalán.
Las farmacias, han decidido manifestarse ante la sede de la Delegación del Gobierno en Cataluña, designando al gobierno central como su deudor directo -y como el culpable de sus tribulaciones- lo que implícitamente supone aprobar la política de gastos del Gobierno de la Generalidad, que conlleva el destino de recursos a lo que el nacionalismo considera prioritario, es decir, la construcción nacional y la consecución de la soberanía.
Al actuar de esta forma, automáticamente los farmacéuticos se pliegan a que su acción sea instrumentalizada en pos de un objetivo supuestamente superior como es el logro de la soberanía plena de Cataluña.
Se infiere, por tanto, que, en un plano hipotético, los farmacéuticos estarían dispuestos a asumir el impago de la facturas como un sacrificio por la causa nacional catalana y, por ello, también estarían dispuestos a asumir la ruina de sus negocios y, por ende, su ruina personal, si fuera necesario. No cabría mayor sacrificio por la patria catalana.
Pero dicha hipotética voluntad de sacrificio de los farmacéuticos se va al traste y queda desvirtuada cuando el gobierno central garantiza, que ningún proveedor de la Generalitat se quedará sin cobrar, asumiendo el papel de asegurador del riesgo del ente autonómico.
Todo ello es una muestra de la situación que se vive en Cataluña
- Un gobierno autonómico que no gobierna y destina ingentes recursos a la llamada construcción nacional, la deslealtad institucional, la manipulación de la historia, el adoctrinamiento de masas y la traición en el plano internacional a España.
- Un gobierno central que le saca las castañas del fuego pagándole las facturas. De facto, Cataluña es una autonomía en bancarrota e intervenida.
- Un segmento de la sociedad catalana que, por sentimiento o por adoctrinamiento, es instrumentalizado para servir a los intereses de la casta política catalana.
- Dicho segmento hipotéticamente independentista de la ciudadanía, no obstante, se mueve en una zona de confort en tanto que cuenta con un apoyo institucional que rebasa los límites de lo aceptablemente democrático: instrumentalización partidista de instituciones públicas mediante declaraciones, colocación de banderas no oficiales, incumplimiento de sentencias, imposición lingüística, sentido de la propiedad del territorio, listados de adhesiones, televisión pública etc.
- En su zona de confort, dicho segmento de la sociedad catalana participa en manifestaciones lúdico-festivas tipo Vía Catalana, y, al sentirse amparado por el poder, hace gala de actitudes coactivas, provocativas y chabacanas frente manifestaciones individuales o colectivas discrepantes con el nacionalismo. Estoy hablando de una auténtica coacción psicológica contra actitudes que no tan solo puedan parecer opuestas al nacionalismo, sino incluso como consideradas poco nacionalistas.
- Más allá de los límites de la referida zona de confort, difícilmente los individuos que componen el segmento separatista estaría dispuesto a llevar a cabo ningún tipo de acción que implicara algún sacrificio que supusiera poner en riesgo su integridad física y patrimonial, pero dicha posibilidad no debe ser desdeñada por la existencia de elementos muy radicalizados.
- Las coacciones psicológicas y morales cobran especial relevancia en las zonas rurales de la Cataluña profunda. En Cataluña existe un auténtico riesgo de exclusión social a quien discrepe del nacionalismo de forma abierta.
- Asimismo, el nacionalismo en Cataluña ha venido constituyéndose como una forma de control social, dirigida a diluir, en un principio, cualquier forma de reivindicación espontánea de la sociedad, contando para ello con la complicidad inestimable de la izquierda clásica catalana y de sus sindicatos. Los símbolos "nacionales" han de estar siempre presentes en cual quier tipo de manifestación reivindicativa y, como es el caso de los farmacéuticos, existen presiones por parte de la Generalidad para que cualquier manifestación reivindicativa acabe ante las delegaciones del gobierno.
Dicho lo anterior, es palmario que farmacéuticos catalanes han cedido a las presiones de la Generalidad -la culpa siempre, de una forma u otra, ha de ser de de Madrid- e imbuidos por el miedo a ser estigmatizados como colectivo han preferido dirigir antes sus reivindicaciones contra el gobierno central que contra el gobierno regional catalán, auténtico obligado al pago de la deuda con las farmacias. La presencia en la manifestación ante la sede de la Delegación del gobierno en Cataluña de unos cuantos exhibiendo banderas estrelladas constituye una prueba de ello.
Por tanto, los farmacéuticos han optado permanecer en la zona de confort, cediendo a la presión nacionalista, no obstante el enorme perjuicio que les ha venido causando el incumplimiento de la obligación por parte de la Generalidad: el cierre de unas cuantas farmacias, y posiblemente de algunas cuantas más en el futuro, amén de la situación precaria en que muchas de ellas se encuentran.
Pero, sería una ingenuidad pensar que establecerse en una "zona de confort" obedece solamente a intereses materiales y a no chocar con el poder, sino que, también, es necesaria la existencia un nexo emocional con lo que ese poder establecido dice y representa. Y, que duda cabe, que ese poder atiza esa forma de sentir arraigada en el imaginario de ese segmento de la sociedad catalana. Se trata, al fin y al cabo, de una relación dialéctica, no exenta de contradicciones.
El problema surgiría cuando para defender o recuperar las supuestas libertades nacionales de Cataluña dichos segmentos teóricamente nacionalistas se vieran impelidos desde el poder, a actuar de forma que ello implicare un patente sacrificio personal y patrimonial de las personas que los componen, es decir, a salir de su zona de confort.
La contradicción, por tanto, consistiría en que una cosa es lo que se pretende por parte una casta dirigente nacionalista (incierto horizonte utópico), y otra es si dicha pretensión obedece a un objetivo socialmente necesario. Dicho más llanamente, si los delirios de grandeza de unos políticos ávidos de poder y notoriedad coincide con los intereses reales de la sociedad catalana.
Y llegados a este punto, cabría preguntarnos hasta que punto llegaría el adoctrinamiento de masas para que una parte importante de la sociedad catalana, imbuida de sus sentimientos tribales, sería capaz de seguir ciegamente a sus dirigentes, que actuarían cual flautista de Hamelin, "autoinmolándose" mediante la renuncia a su seguridad personal y patrimonial.
Si bien, en la Alemania de los años 30 del siglo pasado es innegable que el pueblo alemán entró en un estado de hipnosis colectiva, sucumbiendo ante las proclamas nacional-socialistas de Adolf Hitler, no obstante sería absurdo pensar que todo fue obra exclusiva del nazismo. Para que surta efectos la hipnosis es necesaria la predisposición del futuro hipnotizado a serlo. Y, en este caso, la situación política y económica en Alemania, la situación depauperada del pueblo alemán, como consecuencia de la Gran Guerra, el Tratado de Versalles y la Crisis del 29 actuaban como claros coadyuvantes a que el pueblo alemán estuviera predispuesto a ser inducido a la hipnosis.
Por encima de todas las similitudes que se puedan establecer entre el nacionalismo catalanista y el nazismo, en cuanto a apropiación de las instituciones del Estado -no debemos olvidar que los órganos representativos y gobiernos de las CC.AA. también son Estado- la utilización propagandística de los medios públicos de radiotelevisión, la creación de un "movimiento nacional" a partir de los Ayuntamientos, el adoctrinamiento escolar, el clima de presión social sobre los sospechosos de no ser nacionalistas, etc., no debemos olvidar que la situación socio-económica en Cataluña ni de lejos se asemeja a la de la Alemania de los años 30, para que sea un claro elemento coadyuvante.
La realidad es que el nacionalismo independentista no representa más allá del 37 por ciento del censo electoral de las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña. Una exiguo 37 por ciento pone en jaque a todo un país entero. Inexplicable. En realidad, la Vía Catalana se ha nutrido de ese porcentaje, y si descontamos los menores ¿Cómo es posible que tan exigua representación del independentismo ponga en jaque a toda una nación?
Se podría argüir que la abstención es una forma de otorgar "quién calla otorga", pero hay otra máxima jurídica que dice "quien calla no dice nada" ¿Por cansancio? ¿Por desistimiento ante tantos años de presión y dejación de los sucesivos gobiernos de la nación? La consideración es que hay una mayoría de gente en Cataluña que quiere vivir con normalidad, sin imposiciones de ningún tipo, pero que se siente coaccionada por todo el aparato propagandísstico y amplificador del nacionalismo.
La reacción del Gobierno Central, una vez más, ha sido el actuar como un ente asegurador del pago ante la insolvencia del organismo obligado al mismo mismo: la Generalidad. Mientras tanto el nacionalismo se recrea en sus manifestaciones lúdico-festivas, presionando colectivos que sufren las consecuencias de la crisis. El nacionalismo desvía fondos hacia la construcción nacional y descuida la sanidad, la educación, la formación de la policía autonómica -para que no acaezcan hechos lamentables como los del barrio del Raval. Todo un sinsentido.
¿Cuál es el motivo de que el Gobierno Rajoy siga, y nunca mejor dicho alimentando, el nacionalismo independentista? ¿Por qué no emplazar a los que le apoyan por temor o convicción a que salgan de su zona de confort?
Hace escasamente unos días, el populista Junqueras ha amenazado con una huelga general política de siete días de duración si no se celebra el referéndum independentista con el objeto de hundir la economía española -y catalana. Siete días en que esa gente que aparcaba sus todoterrenos, audis, en los arcenes de las carreteras tendría que asumir graves pérdidas económicas y de bienestar personal. Tal vez, no habla de huelga, si no de lock out por convicción y por coacción, pues dudo que mayoría de trabajadores catalanes sean independentistas, y aún dudo mucho más a que estén dispuestos a estar siete días sin cobrar por una causa que no es la suya.
Así pues, si Junqueras también llama al inedependentismo a abandonar la zona de confort, tal vez, ha llegado el momento de tomar decisiones y echarle el pulso al nacionalismo. El inmovilismo de Rajoy solo lleva a retrasar el llamado "choque de trenes", pues los nacionalistas se ha decantado ya por la independencia de Cataluña y la consulta tan solo es una excusa, pues sabe que no tiene una cabida legal dentro del marco constitucional y que el Estado necesariamente habrá de intervenir si intentan su celebración.
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| Fuente Crónica Global |
Por tanto, los farmacéuticos han optado permanecer en la zona de confort, cediendo a la presión nacionalista, no obstante el enorme perjuicio que les ha venido causando el incumplimiento de la obligación por parte de la Generalidad: el cierre de unas cuantas farmacias, y posiblemente de algunas cuantas más en el futuro, amén de la situación precaria en que muchas de ellas se encuentran.
Pero, sería una ingenuidad pensar que establecerse en una "zona de confort" obedece solamente a intereses materiales y a no chocar con el poder, sino que, también, es necesaria la existencia un nexo emocional con lo que ese poder establecido dice y representa. Y, que duda cabe, que ese poder atiza esa forma de sentir arraigada en el imaginario de ese segmento de la sociedad catalana. Se trata, al fin y al cabo, de una relación dialéctica, no exenta de contradicciones.
La contradicción, por tanto, consistiría en que una cosa es lo que se pretende por parte una casta dirigente nacionalista (incierto horizonte utópico), y otra es si dicha pretensión obedece a un objetivo socialmente necesario. Dicho más llanamente, si los delirios de grandeza de unos políticos ávidos de poder y notoriedad coincide con los intereses reales de la sociedad catalana.
Y llegados a este punto, cabría preguntarnos hasta que punto llegaría el adoctrinamiento de masas para que una parte importante de la sociedad catalana, imbuida de sus sentimientos tribales, sería capaz de seguir ciegamente a sus dirigentes, que actuarían cual flautista de Hamelin, "autoinmolándose" mediante la renuncia a su seguridad personal y patrimonial.
Si bien, en la Alemania de los años 30 del siglo pasado es innegable que el pueblo alemán entró en un estado de hipnosis colectiva, sucumbiendo ante las proclamas nacional-socialistas de Adolf Hitler, no obstante sería absurdo pensar que todo fue obra exclusiva del nazismo. Para que surta efectos la hipnosis es necesaria la predisposición del futuro hipnotizado a serlo. Y, en este caso, la situación política y económica en Alemania, la situación depauperada del pueblo alemán, como consecuencia de la Gran Guerra, el Tratado de Versalles y la Crisis del 29 actuaban como claros coadyuvantes a que el pueblo alemán estuviera predispuesto a ser inducido a la hipnosis.
Por encima de todas las similitudes que se puedan establecer entre el nacionalismo catalanista y el nazismo, en cuanto a apropiación de las instituciones del Estado -no debemos olvidar que los órganos representativos y gobiernos de las CC.AA. también son Estado- la utilización propagandística de los medios públicos de radiotelevisión, la creación de un "movimiento nacional" a partir de los Ayuntamientos, el adoctrinamiento escolar, el clima de presión social sobre los sospechosos de no ser nacionalistas, etc., no debemos olvidar que la situación socio-económica en Cataluña ni de lejos se asemeja a la de la Alemania de los años 30, para que sea un claro elemento coadyuvante.
La realidad es que el nacionalismo independentista no representa más allá del 37 por ciento del censo electoral de las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña. Una exiguo 37 por ciento pone en jaque a todo un país entero. Inexplicable. En realidad, la Vía Catalana se ha nutrido de ese porcentaje, y si descontamos los menores ¿Cómo es posible que tan exigua representación del independentismo ponga en jaque a toda una nación?
Se podría argüir que la abstención es una forma de otorgar "quién calla otorga", pero hay otra máxima jurídica que dice "quien calla no dice nada" ¿Por cansancio? ¿Por desistimiento ante tantos años de presión y dejación de los sucesivos gobiernos de la nación? La consideración es que hay una mayoría de gente en Cataluña que quiere vivir con normalidad, sin imposiciones de ningún tipo, pero que se siente coaccionada por todo el aparato propagandísstico y amplificador del nacionalismo.
La reacción del Gobierno Central, una vez más, ha sido el actuar como un ente asegurador del pago ante la insolvencia del organismo obligado al mismo mismo: la Generalidad. Mientras tanto el nacionalismo se recrea en sus manifestaciones lúdico-festivas, presionando colectivos que sufren las consecuencias de la crisis. El nacionalismo desvía fondos hacia la construcción nacional y descuida la sanidad, la educación, la formación de la policía autonómica -para que no acaezcan hechos lamentables como los del barrio del Raval. Todo un sinsentido.
¿Cuál es el motivo de que el Gobierno Rajoy siga, y nunca mejor dicho alimentando, el nacionalismo independentista? ¿Por qué no emplazar a los que le apoyan por temor o convicción a que salgan de su zona de confort?
Hace escasamente unos días, el populista Junqueras ha amenazado con una huelga general política de siete días de duración si no se celebra el referéndum independentista con el objeto de hundir la economía española -y catalana. Siete días en que esa gente que aparcaba sus todoterrenos, audis, en los arcenes de las carreteras tendría que asumir graves pérdidas económicas y de bienestar personal. Tal vez, no habla de huelga, si no de lock out por convicción y por coacción, pues dudo que mayoría de trabajadores catalanes sean independentistas, y aún dudo mucho más a que estén dispuestos a estar siete días sin cobrar por una causa que no es la suya.
Así pues, si Junqueras también llama al inedependentismo a abandonar la zona de confort, tal vez, ha llegado el momento de tomar decisiones y echarle el pulso al nacionalismo. El inmovilismo de Rajoy solo lleva a retrasar el llamado "choque de trenes", pues los nacionalistas se ha decantado ya por la independencia de Cataluña y la consulta tan solo es una excusa, pues sabe que no tiene una cabida legal dentro del marco constitucional y que el Estado necesariamente habrá de intervenir si intentan su celebración.


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